Nunca he sido de las que sigue las reglas. Ya desde pequeña se veía venir mi tendencia a salirme de lo preestablecido. Porque, en verdad, ¿quién marca lo que es correcto y lo que no? ¿En qué biblioteca se encuentra el libro de instrucciones de la vida?
A lo largo de mi corta vida he cometido muchísimos errores, he decepcionado a personas que creían en mí, le he hecho daño a gente que me quería y, sobre todo, me he hecho daño a mí misma. He estado atrapada en círculos viciosos, he caído en situaciones que debía haber evitado, he tropezado con la misma piedra hasta verme con sangre en el suelo. Y lo sigo haciendo. Pero es que soy yo quien decide los límites que le pongo a mi vida. Y soy yo quien asume las consecuencias de cada uno de los actos que yo, y solo yo, he decidido llevar a cabo.
Veo a muchos jóvenes como yo criticar continuamente la forma de vivir, de pensar y de actuar de los que le rodean. Que lo critique un abuelo, un adulto, un profesor, puedo llegar a entenderlo. Pero, ¿un chico con diecisiete años que base tiene para juzgar lo que otros hacen?
Creo que debemos ser nosotros nuestros propios jueces convirtiéndonos así en nuestros mejores mentores. Porque la mejor manera de aprender es equivocándose. Y sí, soy yo la mala influencia, pero de mi misma, y eso, al fin y al cabo, no resulta ser tan malo.
-J.